Nubes
negras en la piel
Lo conocí
como por casualidad, era un chico tan majo, tan atento, tan cordial.
Todos sus amigos le adoraban, pues era quien amenizaba las reuniones
convirtiéndolas en una constante fiesta. Yo disimulaba, pero no
podía dejar de mirarlo, y de alguna
manera, admirarlo. Poco a poco, nos fuimos acercando el uno al otro,
al principio con timidez, con cierto
recelo, sin embargo, yo ya estaba enamorada de él, de su mirada profunda y
limpia.
Al
poco tiempo, me declaró su amor y yo, le declaré el mío. Nunca volé
más alto y más lejos que cuando nos besamos por primera vez. Cundo
sentí sus brazos sobre mi cuerpo, acariciando mi alma. Me entregué
a él, pues era un sueño hecho realidad.
Así
estuvimos, inmersos en una felicidad difícil
de describir con palabras unos meses, sin embargo, algo empecé
a hacer mal, pues él empezó a cambiar, a desconfiar de mí, no le
gustaba mi forma de vestir, ni que fuera con mis amigas, y comenzaron
los insultos y los desprecios.
¡Yo no
entendía nada!
Un día
que me retrasé al salir del trabajo, me estaba esperando detrás de
una esquina. Salió de golpe y al grito de donde estabas puta, me
propinó un bofetón que me hizo caer al suelo. Le dije que por qué hacia eso, y me contestó que porque me quería y no soportaba que
estuviera puteando con mis compañeros de
trabajo.
Poco a
poco, las bofetadas e insultos se convirtieron en el pan de cada día.
Yo
estaba atemorizada, pero pensaba que él actuaba
así porque en realidad me quería, me amaba. Y me lo demostró el
día que me pidió perdón y me dijo que era la mujer de su vida y
que quería casarse conmigo.
Parte II
Unos días
antes de la boda, mi suegra me llama para decirme que fuera a su
casa, que tenía unas cosas que darme y quería hablar conmigo.
Cuando llegué a su casa, me recibió con el gesto serio, con el
semblante duro y los ojos fijos en los míos.
Yo no entendía nada, ya que hasta ese momento, siempre fue amable y
cariñosa conmigo. Le pregunté que qué quería darme, y su
respuesta fue tajante; una bofetada en la cara, que, sino muy fuerte,
a mí me dolió en el alma. Después me dijo
que, yo, a ella no la engañaba, y que estaría atenta de lo que yo
le pudiera hacer a su hijo. Me quedé totalmente descolocada y
humillada, y le pedí una explicación. No la hubo, simplemente me
dijo que me marchara y que tuviera cuidado
con lo que hacía, que ella estaría vigilando cada uno de mis pasos.
Por la
tarde quise contarle a mi novio lo ocurrido con su madre, pero
preferí callar, pues conocía la devoción que él sentía hacia
ella.
Y en
esas circunstancias llegó el día de la boda.
Fue un
día perfecto, quizá el más bonito y maravilloso de toda mi vida. El
que ya era mi marido, se deshacía en halagos hacia mi persona,
caricias, besos, guiños de complicidad. Ese era el hombre del que yo
me había enamorado. Mi suegra no me dejó ni un momento sola,
siempre pendiente de que nada me faltara, incluso si algún pesado
que llevado por el exceso de alcohol se ponía tontorrón, era ella
la que se ponía en medio y me libraba de esa incomodidad.
Después
de la fiesta, nos fuimos a un hotel a pasar la noche, para al día
siguiente salir de viaje de luna de miel.
Amarga
miel.
NUBES
NEGRAS EN LA PIEL
PARTE III
Cuando
llegamos al hotel, cansados del ajetreo de todo el día, me metí en
la ducha para quitarme todo el sudor y el olor de la fiesta de la
boda. Él, a los pocos minutos entró en el baño y se desnudó. Se
metió en la ducha conmigo y empezó a tocarme. Yo le dije que
esperara a salir de la ducha y ya en la cama haríamos
todo lo que él quisiera. Su contestación me dejó helada,
temblorosa de pánico. “Tú eres mía y te
hago lo que quiero, cuando quiero y de la manera que quiero.
Mentalízate que a partir de ahora eres mi puta, ya lo has sido
bastante con quien te ha dado la gana”
esas palabras se clavaron en mi alma como un puñal ardiente. En ese
momento comprendí que yo, ya no era yo, y
que era parte de sus caprichos.
A la
mañana siguiente, nos fuimos de luna de miel a la casa de los
abuelos de él, en un pueblo de la costa Alicantina. Sus abuelos
vivían en la ciudad y nos dejaron la casa para que estuviéramos
solos. Por la tarde, quisimos ir a la playa, pero no pudimos porque
él me dijo que me tendría que comprar un bañador. Yo le dije que
tenía mi bikini, que era nuevo y que no teníamos que gastar más
dinero en algo que ya tenía. Él me dio un empujón
mientras me decía que o me compraba el bañador de una pieza o no
vería el mar ni por la ventana.
Fueron
ocho días horribles, donde las bofetadas e insultos eran constantes.
En cuanto volvíamos de la calle, él siempre empezaba a preguntarme
que por qué había mirado a este, o había sonreído
a aquel. Yo no sabía que contestar, pues si contestaba era peor que
el silencio. Por las noches hacíamos el amor aún sin yo tener
ganas, en realidad, ya nunca volví a tener
ganas, no obstante eso a él le daba igual. Yo me sentía
violada, ultrajada. Me dolía, pero nunca
me quejé por miedo a su reacción.
A los
pocos meses de casarnos me quedé embarazada.
No obstante eso, ya os lo contaré.
NUBES
NEGRAS EN LA PIEL
Parte IV
Cuando
supe que me había quedado embarazada por mi cuerpo recorrió un
escalofrío de incertidumbre y a la vez esperanza. Quizá al saber
que iba a ser padre cesaría los malos tratos. Ilusa de mí.
Cuando
se lo conté, me miró como quien mira a esas máquinas expendedoras
que después de elegir el producto, te servía lo adquiero con un “su
producto, gracias” me agarró por los hombros, me miró fijamente y
me dijo que tenía que dejar de trabajar, porque estando embarazada
no podía hacer esfuerzos. Y le contesté que no era la primera mujer
que iba a tener un hijo y que podía trabajar perfectamente hasta que
el embarazo me lo permitiera. En ese momento su mirada se transformó
en cuchillos amenazadores. Me agarró el cuello con una mano y con la
otra me tocaba el vientre. “No es una sugerencia zorra, es una
orden. Lo que llevas ahí dentro es mío y tú no me lo vas a arrebatar
estúpida” entonces comprobé que estaba delante de un auténtico psicópata, despiadado y cruel.
El
embarazo fue toda una tortura. Las vejaciones se hacían
insoportables. No podía salir a la calle sola. O salía con él o con
su madre o no salía. He de decir que mientras estuve embarazada las
agresiones físicas disminuyeron “tranquila, cariño, únicamente te pegaré
lo necesario” ese era su premio hacía mi por darle un hijo.
Uno de
los días que salí a comprar con mi suegra, esta sin reparo alguno
me dijo “estás segura de que eso que llevas en la tripa es de mi
hijo” la juré que si, que nunca había estado con ningún otro
hombre. Ella, simplemente, torció la boca en lo que a mí me pareció
una amenaza.
En
esas llegó el día del parto. Era de madrugada, él dormía, con
miedo le desperté, “creo que he roto aguas” me miró y me dijo
“no jodas, a estas horas” se levantó y llamó a su madre “mamá,
esta está de parto, o eso cree. Como yo tengo que trabajar mañana,
le doy dinero para un taxi y que la lleve al hospital. Tú te vas para
allá y si es verdad que va a parir me llamas y ya iré yo” en ese
momento me dejó de doler las contracciones, era mucho más doloroso
aquella actitud del padre de mi hijo.
Di a
luz a las ocho y media de la mañana...
Con la
esperanza de que cuando viera al niño, todo cambiaría...
Pero
la llegada del niño, supuso más dolor...